La estrella de rock que nunca lo supo

Por Cristian Kloster

En el verano de 1972, un disco sonó con particular éxito en Sudáfrica. Todo el que estuvo vacacionando por allí lo recuerda. Fue furor para acompañar las tardes en la playa, y las noches de diversión. La placa en cuestión se llamaba Cold Fact (1970), y el artista: Rodríguez.

Nadie recuerda muy bien cómo llegó ese disco a Ciudad del Cabo y a las radios. Lo cierto es que no resultaba muy difícil enterarse de la vida de estrellas de la música, incluso por aquél entonces. Sin embargo, nadie sabía absolutamente nada de este tal Rodríguez. Circuló la noticia de que se había suicidado. No solo eso, se había prendido fuego en pleno escenario durante un recital frente a su público. O sea, no se trataba sólo de un suicidio, sino quizás del más grotesco de toda la historia del rock.

También, gracias a este suceso, la imagen mítica de Sixto Rodríguez creció entre sus seguidores en África. Pero al buscar información en Estados Unidos, de donde provenía este cantautor, nadie sabía informar absolutamente nada. La figura de Rodríguez era tan misteriosa como indefinida.

Su música era brillante: se trataba de sonido folk, liderado por su guitarra, similar a lo que hacía Bob Dylan, y para los que lo escuchaban, incluso superior al famoso intérprete.

Además de la cadencia pegadiza de las melodías, las letras eran definitivamente atractivas, particulares, novedosas. Lo cierto es que la investigación para seguir el rastro de Rodríguez no conducía a ningún lugar. Las pistas estaban inconexas. Nadie aportaba nada significativo. La historia del suicidio no podía aseverarse en su totalidad. Y su paradero era un verdadero enigma. La pesquisa también hizo que se consultara en el sello discográfico y en emisoras radiales de Detroit y alrededores, donde había sido grabada la placa. Sin embargo nadie lo conocía, ni lo habían puesto al aire jamás.

En el otro rincón del planeta, Sixto Rodríguez había llevado a toda una generación a disfrutar su música, a apropiarse de las letras revolucionarias, a punto tal que sus canciones fueron importantes a la hora de constituir los grupos de rebeldía contra el Apartheid. Sin embargo, Rodríguez nunca llegó a saber que su disco, en una parte del planeta, fue un suceso extraordinario. Y no sólo eso, revolucionó la historia de ese país, de algún modo. La verdad diría que hubiese sido toda una figura mundial si su perfil no hubiese sido tan bajo, si hubiera tenido cierta ambición de fama, y si su apellido no hubiese sido latino, algo que por aquella época no aportaba mucho al marketing de una estrella pop.

Algunos testigos del paso de Rodríguez por Detroit confirmaban su estilo reservado e indescifrable. Hay quienes lo habían visto trabajar como constructor de techos en las casas; incluso quienes decían que era un vagabundo sin hogar, y que vivía a la deriva en los refugios de la ciudad. Se supo que Rodríguez grabó un segundo disco, Coming from Reality (1971). Su productor dijo: “Rodríguez, en esa época, tenía todo a su favor. ¿Por qué no resultó? Es la gran pregunta que todavía me hago.”

Pero un día, hallaron la llave que permitiría develar mucho del misterio: aquel productor, Mike Theodore, aseguraba que Sixto Rodríguez estaba vivito y coleando, deambulando aún por las calles de Detroit. El dato era corroborado por las hijas de Sixto, también ignorantes del impacto y la popularidad de su padre. Una comitiva sudafricana que estaba realizando un documental sobre el enigmático Rodríguez llegó a Estados Unidos. Finalmente lo encontraron. Le contaron personalmente cuán famoso había sido y seguía siendo en aquel país.

Rodríguez escuchaba absorto, incrédulo. Los sudafricanos organizaron un concierto, invitaron a Sixto, y finalmente Rodríguez, cuarenta años después de su hit, fue recibido en Ciudad del Cabo como una verdadera estrella de rock, movilizando a todo el país, y teniendo que repetir funciones por localidades agotadas.

Esta historia se retrata en el documental Searching for Sugar Man (2012).

 

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